La Experiencia del Fracaso
De: Revista "Cuerpo Mente" No. 153 Enero 2005
Como Asumir y Superar los Errores
Por: Cristina Llagostera
Web: http://www.cristina-llagostera.com
Entre ganar o perder, entre experimentar el éxito o el fracaso, la elección está clara. Tan sólo la palabra éxito nos suena a expasion, a alegria, satisfacción, a poder, seguridad, consideración. Mientras que el fracaso... ¿A quién le interesa el fracaso? Evoca una sensación desagradable, pesada, vinculada con la rabia o la tristeza, a estados de bloqueo, problemas y frustraciones, la ruptura de una ilusión... El fracaso es un trago amargo, difícil de pasar, que prefeririamos evitar si pudiéramos. Sin embargo, puede ser una experiencia tanto o más importante que el éxito. Es cierto, no es agradable, pero, ¿sirve de algo fracasar?
El éxito nos motiva, y mucho. De hecho, la esperanza de alcanzarlo es el mejor impulso para emprender un esfuerzo. Lo entendemos, pues, como una recompensa, como la prueba de que tenemos aptitudes, lo cual refuerza nuestra estima. El fracaso, en cambio, hace tambalear la confianza, desmorona proyectos y nos recuerda que tenemos fallos y defectos, o que, a veces, no somos "capaces". Pero a pesar de eso la experiencia del fracaso ofrece algo que el éxito no da: la oportunidad de reconocer que tenemos límites, aprender, rectificar, y poder ser así cada vez un poco mejores.
Nadie puede vacunarse contra la sensación de fracaso, ni siquiera quien lo haya experimentado logra alcanzar la inmunidad. Es preciso atravesar la enfermedad, en este caso la decepción, sea cual sea su magnitud. Sin embargo, existen vías para que el fracaso, en lugar de ser un peso que amenaza con hundirnos, sea una ocasión de la cual sacar provecho. Tanto si se trata del suspenso en un examen, de un desengaño amoroso, de la sensación de haber fallado como padre, pareja, profesional o amigo... la cuestión está en la actitud con que cada uno encara ese revés.
REDEFINIR EL FRACASO
Existe una tendencia a valorar más el fin que los medios. Es decir, lo que importa ante todo es el resultado: si se ha alcanzado el objetivo o si, por el contrario, se ha fallado en el intento. Desde ese punto de vista el fracaso excluye al éxito, y a la inversa, puesto que un resultado sólo puede ser blanco o negro, positivo o negativo.
Con esta forma de pensar categórica de ver las cosas, al no tener en cuenta el medio no se valora suficientemente lo que quizá sea más importante: el aprendizaje. Tanto si se gana como si se pierde la experiencia puede resultar limitante, puesto que no se considera el proceso con perspectiva. Un triunfo mal vivido puede conducir a la autocomplacencia o al estancamiento, pues el éxito genera menor necesidad de cambio. Un fallo mal digerido puede llevar a abandonar un propósito o a sumirse en una depresión.
Son frecuentes los casos de atletas o artistas que en la cima de su carrera, tras lograr su máximo objetivo, iniciaron un fulminante declive. Mientras que, a la inversa, abundan las personas que tras grandes problemas o estrepitosos fracasos supieron remontar y lograron éxitos excepcionales. Es fácil, por lo tanto, pasar del éxito al fracaso, y viceversa. El reto en cualquier caso está en vivir la situación como algo fluido, no estático, teniendo en cuenta el proceso realizado y el que puede acontecer. De ese modo en el fracaso no nos invadirá la negatividad, ni en el triunfo se pecará de excesiva arrogancia.
Con esta perspectiva más amplia podemos ver que el camino hacia cualquier éxito está marcado por sucesivos errores, gracias a los cuales fue posible una mejora y perfección progresiva. Desde este enfoque, por lo tanto, se entiende el fracaso como un ingrediente indispensable y esencial en el proceso que lleva al éxito.
EL MIEDO A FALLAR
¿Existe algún método eficaz para triunfar y lograr los objetivos, ya sea a nivel profesional, familiar, personal...? Quizá la receta que más eficaz es la más paradójica: intentar fracasar.
Frases como "quien no hace nada nunca se equivoca" o "para avanzar hay que estar dispuesto a fracasar" avalan en cierta medida esta audaz prescripción. Se basa en el principio de que el intento es lo que permite que el éxito sea posible, aunque implique siempre cierto riesgo de fracaso. Cuando no existe ese intento tanto la probabilidad de logro como la de error desaparecen.
Con ello entramos en el terreno del miedo. Más concretamente el miedo al fracaso, que engloba el miedo a las críticas, a no estar a la altura, a comprometerse, a hacer el ridículo, a lo desconocido, a no ser bien visto por los demás... Este miedo es el que lleva a dejar pasar oportunidades o a no buscarlas, a evitar el éxito por temor a fallar.
La ilusión perfeccionista de que siempre hay que ganar no tolera el fracaso, la mancha de la imperfección, y alimenta precisamente ese miedo exacerbado al error.
Resulta paradójico pero cuanto más se desea triunfar mayor suele ser el miedo al fracaso, con lo cual las posibilidades de éxito se reducen, a menos, claro está, que se supere dicho temor.
El miedo está ahí, se puede sentir. Puede influir en nuestra trayectoria, modificándola, pero otra cosa es permitir que nos detenga. Ante la disyuntiva de si intentarlo o no, conviene preguntarse si la razón principal del "no" es el miedo. Si es así, se puede tratar de ver la cuestión desde otro plano. Elegir dar el paso tanto si tiene un buen resultado como si no-, puede considerarse como un éxito, pues como mínimo se habrá ganado una batalla al miedo, mientras que el peor fracaso reside en ni siquiera intentarlo. Las personas tendrían que aplaudirse a sí mismas ante determinados fracasos, pues significa que han arriesgado, que han explorado cosas nuevas y desafiantes.
¿De qué depende que algo sea un éxito o un fracaso? ¿De las circunstancias, de lo que hagan los demás, de lo que haga uno mismo? Según a qué se atribuya el fracaso la reacción de la persona será diferente.
ERROR DE INTERPRETACIÓN
¿Cómo reaccionan quienes atribuyen el fallo a las circunstancias o al azar? Posiblemente peleándose contra su suerte o renegando de la situación desfavorable que les ha tocado. Quienes achacan la culpa a las personas incompetentes que les rodean, es probable que se desfoguen criticándolas, sea a sus espaldas o directamente. Quienes, por el contrario, atribuyen el fracaso a su propia responsabilidad, pueden desmoralizarse, sentirse terriblemente ineptos y perder la confianza en sí mismos.
Seguramente todas estas personas tengan parte de razón. Es decir, muchas veces las circunstancias, las otras personas o los fallos propios favorecen el fracaso. Sin embargo, estas formas de interpretar lo sucedido no propician una resolución, más bien la entorpecen.
Atribuir el fallo a cosas que no se pueden cambiar, a factores externos al propio control, hace que la persona sienta que no puede hacer nada para mejorar su situación. Haga lo que haga, el mal tiempo, la mala suerte, un despiste ajeno o la famosa Ley de Murphy puede arruinar su objetivo. Reconocer, en cambio, que tenemos siempre una esfera de elección propia, aunque sea la de elegir cómo reaccionar ante las circunstancias adversas, significa empezar a ver las cosas desde un ángulo diferente.
Al interpretar los errores como una prueba de la propia ineptitud se ponen en marcha una serie de creencias negativas sobre uno mismo. El individuo se dice: "soy tonto...no valgo nada...siempre hago el ridículo", como si de una grabación automática se tratara. De ese modo el error se magnifica y se generaliza a toda la persona.
¿Cómo afrontar de manera eficaz el cambio que sugiere el fracaso? Para aprender de los contratiempos y procurar remediarlos es importante actuar en el área de influencia que uno tiene en el momento y la situación concreta. Esto significa detectar en qué se tiene cierto control y dedicar el tiempo y la energía a las cosas con las cuales es posible hacer algo, pues en lo demás, en lo que no entra dentro de la esfera de nuestra responsabilidad, no cabe más que lamentarse.
ADMITIR EL FRACASO
Si bien somos libres para elegir nuestras acciones, no lo somos para escoger sus consecuencias. Ante el fracaso no hay más remedio que reconocer que las cosas no han ido bien, y tolerar la frustración que genera la derrota.
A veces, al experimentar un fracaso se atraviesa un proceso semejante al de un duelo. Se puede pasar por diferentes fases: la negación, la ira, la depresión... para llegar finalmente, si todo va bien, a aceptar la situación. En realidad en cada fracaso se pierde algo, puede ser una ilusión, un proyecto, una idea, una creencia, y se reacciona con dolor ante esa pérdida. Pero permitirse sentir ese dolor, sin evadirlo a base de autoengaños, resulta indispensable para poder resurgir de la situación de fracaso.
En los momentos de crisis aparecen de una u otra forma sensaciones intensas de fracaso. Son ocasiones en las que se tiene un encontronazo con la realidad. Una persona se siente fracasada cuando percibe que lo que ha logrado en su vida no concuerda con lo que esperaba. Es una interpretación completamente subjetiva, pues lo que para uno puede valer y ser un signo claro de triunfo, otro lo puede interpretar como un vaso medio vacío. Todo depende de las expectativas con las que parte cada cual, del lugar a donde quería llegar.
La decepción que acompaña al fracaso es dolora, pero nos fuerza a rebajar la exigencia y unas expectativas quizá demasiado elevadas, irreales o engañosas.
Decía Erich Fromm: "Desengañarse quiere decir liberarse de los engaños y dejarlos atrás".
Por ello la experiencia del fracaso supone la compensación del triunfo y ayuda a digerirlo mejor. El éxito nos hace volar, nos llena de entusiasmo, mientras que el fracaso nos hace pisar la tierra, nos devuelve a la realidad y nos empuja a la reflexión.
EL "TRIUNFO" MÁS DIFÍCIL
Un requisito para que el fracaso sea provechoso es admitirlo, reconocer que las cosas no han ido como queríamos, que uno no es tan perfecto como pensaba. Sólo desde esa humildad es posible corregir el error. Aceptar y asumir la situación constituye en sí mismo un pequeño triunfo.
Es sabido que en algunos ámbitos empresariales está incluso bien considerado que alguien haya tenido en su carrera un fracaso importante, pues se considera una garantía de que no vive en las nubes. El fracaso ya superado aporta una visión más equilibrada, ni excesivamente positiva ni demasiado negativa, así como el sufrimiento deja como poso una comprensión más profunda de la condición humana. Sin embargo, para transformar el fracaso en una oportunidad hay que pasar de las palabras a la acción, asumiendo los resultados.
6 ACTITUDES QUE CONVIENE EVITAR
Ciertas actitudes pueden generar que el fracaso, en vez de ser una oportunidad, se convierta en un problema mayor. Hay que evitar de modo especial lo siguiente:
1.GENERALIZAR: tras un fallo, en vez de concretar y decir: "Me ha salido mal", la persona se dice a sí misma: "soy un desastre, nada me sale bien, siempre seré un fracasado". Esta visión catastrofista no ayuda a resolver la situación.
2.NO ACEPTAR EL ERROR: Una actitud perfeccionista no facilita que se reconozca el fracaso y dificulta aprender de él.
3.ANCLARSE EN LA CULPABILIDAD: Una cosa es reconocer un error y otra culpabilizarse. La culpa no suele llevar a nada; es preferible intentar solventar lo sucedido.
4.VER SOLO LOS ERRORES: Fijarse excesivamente en lo negativo abre la puerta al desánimo y la depresión. Incluso en el fracaso hay que tener presentes los logros.
5.ABANDONAR: Cuando no se tolera bien la frustración se puede abandonar demasiado pronto un objetivo. Mantenerlo ayuda a encontrar una solución.
6.CENTRARSE EN EL PASADO: Pensar en los fallos cometidos en el pasado, o en los que se podría cometer genera duda y temor. Para salir del fracaso hay que centrarse en el presente y pasar a la acción.
PREGUNTAS PARA SUPERARSE
Ante un fracaso conviene analizar la situación y realizar diferentes pasos a fin de clarificar una nueva finalidad. Responder estas preguntas ayuda a conseguirlo.
REVISAR EXPECTATIVAS ¿Qué esperaba? ¿Qué quería conseguir realmente? ¿Estaba a mi alcance?
ANALIZAR LA SITUACIÓN ¿Qué ha pasado? ¿Qué resultado he obtenido? ¿Cómo me he sentido? ¿Qué cosas me he dicho a mi mismo?
DESCUBRIR LOS ERRORES ¿Qué ha fallado? ¿Qué ha podido contribuir a que se produjera el fracaso?
IDENTIFICAR ÁREAS DE CONTROL ¿Qué parte de responsabilidad me incumbe en el resultado? ¿Qué cosas puedo hacer para mejorar en una próxima ocasión?
CLARIFICAR UNA NUEVA FINALIDAD ¿Qué quiero conseguir? Cuanto más clara es una finalidad, más facial es realizarla.
¿PARA QUE? Conviene analizar los motivos que se hallan detrás de la finalidad que nos hemos marcado.
¿CÓMO PUEDO LOGRARLO? Puede ser útil elaborar una lista de objetivos concretos y realizables para ponerse en acción.
PREVER OBSTÁCULOS. Analizar las posibles dificultades que pueden surgir y pensar en los pasos que se tienen que dar, aunque desagraden o produzcan miedo.
VISUALIZACIÓN ACTIVA. Imaginarse, dirigir el pensamiento hacia la situación que se desea conseguir, ayuda a hacerla realidad.
Como Asumir y Superar los Errores
Por: Cristina Llagostera
Web: http://www.cristina-llagostera.com
Entre ganar o perder, entre experimentar el éxito o el fracaso, la elección está clara. Tan sólo la palabra éxito nos suena a expasion, a alegria, satisfacción, a poder, seguridad, consideración. Mientras que el fracaso... ¿A quién le interesa el fracaso? Evoca una sensación desagradable, pesada, vinculada con la rabia o la tristeza, a estados de bloqueo, problemas y frustraciones, la ruptura de una ilusión... El fracaso es un trago amargo, difícil de pasar, que prefeririamos evitar si pudiéramos. Sin embargo, puede ser una experiencia tanto o más importante que el éxito. Es cierto, no es agradable, pero, ¿sirve de algo fracasar?
El éxito nos motiva, y mucho. De hecho, la esperanza de alcanzarlo es el mejor impulso para emprender un esfuerzo. Lo entendemos, pues, como una recompensa, como la prueba de que tenemos aptitudes, lo cual refuerza nuestra estima. El fracaso, en cambio, hace tambalear la confianza, desmorona proyectos y nos recuerda que tenemos fallos y defectos, o que, a veces, no somos "capaces". Pero a pesar de eso la experiencia del fracaso ofrece algo que el éxito no da: la oportunidad de reconocer que tenemos límites, aprender, rectificar, y poder ser así cada vez un poco mejores.
Nadie puede vacunarse contra la sensación de fracaso, ni siquiera quien lo haya experimentado logra alcanzar la inmunidad. Es preciso atravesar la enfermedad, en este caso la decepción, sea cual sea su magnitud. Sin embargo, existen vías para que el fracaso, en lugar de ser un peso que amenaza con hundirnos, sea una ocasión de la cual sacar provecho. Tanto si se trata del suspenso en un examen, de un desengaño amoroso, de la sensación de haber fallado como padre, pareja, profesional o amigo... la cuestión está en la actitud con que cada uno encara ese revés.
REDEFINIR EL FRACASO
Existe una tendencia a valorar más el fin que los medios. Es decir, lo que importa ante todo es el resultado: si se ha alcanzado el objetivo o si, por el contrario, se ha fallado en el intento. Desde ese punto de vista el fracaso excluye al éxito, y a la inversa, puesto que un resultado sólo puede ser blanco o negro, positivo o negativo.
Con esta forma de pensar categórica de ver las cosas, al no tener en cuenta el medio no se valora suficientemente lo que quizá sea más importante: el aprendizaje. Tanto si se gana como si se pierde la experiencia puede resultar limitante, puesto que no se considera el proceso con perspectiva. Un triunfo mal vivido puede conducir a la autocomplacencia o al estancamiento, pues el éxito genera menor necesidad de cambio. Un fallo mal digerido puede llevar a abandonar un propósito o a sumirse en una depresión.
Son frecuentes los casos de atletas o artistas que en la cima de su carrera, tras lograr su máximo objetivo, iniciaron un fulminante declive. Mientras que, a la inversa, abundan las personas que tras grandes problemas o estrepitosos fracasos supieron remontar y lograron éxitos excepcionales. Es fácil, por lo tanto, pasar del éxito al fracaso, y viceversa. El reto en cualquier caso está en vivir la situación como algo fluido, no estático, teniendo en cuenta el proceso realizado y el que puede acontecer. De ese modo en el fracaso no nos invadirá la negatividad, ni en el triunfo se pecará de excesiva arrogancia.
Con esta perspectiva más amplia podemos ver que el camino hacia cualquier éxito está marcado por sucesivos errores, gracias a los cuales fue posible una mejora y perfección progresiva. Desde este enfoque, por lo tanto, se entiende el fracaso como un ingrediente indispensable y esencial en el proceso que lleva al éxito.
EL MIEDO A FALLAR
¿Existe algún método eficaz para triunfar y lograr los objetivos, ya sea a nivel profesional, familiar, personal...? Quizá la receta que más eficaz es la más paradójica: intentar fracasar.
Frases como "quien no hace nada nunca se equivoca" o "para avanzar hay que estar dispuesto a fracasar" avalan en cierta medida esta audaz prescripción. Se basa en el principio de que el intento es lo que permite que el éxito sea posible, aunque implique siempre cierto riesgo de fracaso. Cuando no existe ese intento tanto la probabilidad de logro como la de error desaparecen.
Con ello entramos en el terreno del miedo. Más concretamente el miedo al fracaso, que engloba el miedo a las críticas, a no estar a la altura, a comprometerse, a hacer el ridículo, a lo desconocido, a no ser bien visto por los demás... Este miedo es el que lleva a dejar pasar oportunidades o a no buscarlas, a evitar el éxito por temor a fallar.
La ilusión perfeccionista de que siempre hay que ganar no tolera el fracaso, la mancha de la imperfección, y alimenta precisamente ese miedo exacerbado al error.
Resulta paradójico pero cuanto más se desea triunfar mayor suele ser el miedo al fracaso, con lo cual las posibilidades de éxito se reducen, a menos, claro está, que se supere dicho temor.
El miedo está ahí, se puede sentir. Puede influir en nuestra trayectoria, modificándola, pero otra cosa es permitir que nos detenga. Ante la disyuntiva de si intentarlo o no, conviene preguntarse si la razón principal del "no" es el miedo. Si es así, se puede tratar de ver la cuestión desde otro plano. Elegir dar el paso tanto si tiene un buen resultado como si no-, puede considerarse como un éxito, pues como mínimo se habrá ganado una batalla al miedo, mientras que el peor fracaso reside en ni siquiera intentarlo. Las personas tendrían que aplaudirse a sí mismas ante determinados fracasos, pues significa que han arriesgado, que han explorado cosas nuevas y desafiantes.
¿De qué depende que algo sea un éxito o un fracaso? ¿De las circunstancias, de lo que hagan los demás, de lo que haga uno mismo? Según a qué se atribuya el fracaso la reacción de la persona será diferente.
ERROR DE INTERPRETACIÓN
¿Cómo reaccionan quienes atribuyen el fallo a las circunstancias o al azar? Posiblemente peleándose contra su suerte o renegando de la situación desfavorable que les ha tocado. Quienes achacan la culpa a las personas incompetentes que les rodean, es probable que se desfoguen criticándolas, sea a sus espaldas o directamente. Quienes, por el contrario, atribuyen el fracaso a su propia responsabilidad, pueden desmoralizarse, sentirse terriblemente ineptos y perder la confianza en sí mismos.
Seguramente todas estas personas tengan parte de razón. Es decir, muchas veces las circunstancias, las otras personas o los fallos propios favorecen el fracaso. Sin embargo, estas formas de interpretar lo sucedido no propician una resolución, más bien la entorpecen.
Atribuir el fallo a cosas que no se pueden cambiar, a factores externos al propio control, hace que la persona sienta que no puede hacer nada para mejorar su situación. Haga lo que haga, el mal tiempo, la mala suerte, un despiste ajeno o la famosa Ley de Murphy puede arruinar su objetivo. Reconocer, en cambio, que tenemos siempre una esfera de elección propia, aunque sea la de elegir cómo reaccionar ante las circunstancias adversas, significa empezar a ver las cosas desde un ángulo diferente.
Al interpretar los errores como una prueba de la propia ineptitud se ponen en marcha una serie de creencias negativas sobre uno mismo. El individuo se dice: "soy tonto...no valgo nada...siempre hago el ridículo", como si de una grabación automática se tratara. De ese modo el error se magnifica y se generaliza a toda la persona.
¿Cómo afrontar de manera eficaz el cambio que sugiere el fracaso? Para aprender de los contratiempos y procurar remediarlos es importante actuar en el área de influencia que uno tiene en el momento y la situación concreta. Esto significa detectar en qué se tiene cierto control y dedicar el tiempo y la energía a las cosas con las cuales es posible hacer algo, pues en lo demás, en lo que no entra dentro de la esfera de nuestra responsabilidad, no cabe más que lamentarse.
ADMITIR EL FRACASO
Si bien somos libres para elegir nuestras acciones, no lo somos para escoger sus consecuencias. Ante el fracaso no hay más remedio que reconocer que las cosas no han ido bien, y tolerar la frustración que genera la derrota.
A veces, al experimentar un fracaso se atraviesa un proceso semejante al de un duelo. Se puede pasar por diferentes fases: la negación, la ira, la depresión... para llegar finalmente, si todo va bien, a aceptar la situación. En realidad en cada fracaso se pierde algo, puede ser una ilusión, un proyecto, una idea, una creencia, y se reacciona con dolor ante esa pérdida. Pero permitirse sentir ese dolor, sin evadirlo a base de autoengaños, resulta indispensable para poder resurgir de la situación de fracaso.
En los momentos de crisis aparecen de una u otra forma sensaciones intensas de fracaso. Son ocasiones en las que se tiene un encontronazo con la realidad. Una persona se siente fracasada cuando percibe que lo que ha logrado en su vida no concuerda con lo que esperaba. Es una interpretación completamente subjetiva, pues lo que para uno puede valer y ser un signo claro de triunfo, otro lo puede interpretar como un vaso medio vacío. Todo depende de las expectativas con las que parte cada cual, del lugar a donde quería llegar.
La decepción que acompaña al fracaso es dolora, pero nos fuerza a rebajar la exigencia y unas expectativas quizá demasiado elevadas, irreales o engañosas.
Decía Erich Fromm: "Desengañarse quiere decir liberarse de los engaños y dejarlos atrás".
Por ello la experiencia del fracaso supone la compensación del triunfo y ayuda a digerirlo mejor. El éxito nos hace volar, nos llena de entusiasmo, mientras que el fracaso nos hace pisar la tierra, nos devuelve a la realidad y nos empuja a la reflexión.
EL "TRIUNFO" MÁS DIFÍCIL
Un requisito para que el fracaso sea provechoso es admitirlo, reconocer que las cosas no han ido como queríamos, que uno no es tan perfecto como pensaba. Sólo desde esa humildad es posible corregir el error. Aceptar y asumir la situación constituye en sí mismo un pequeño triunfo.
Es sabido que en algunos ámbitos empresariales está incluso bien considerado que alguien haya tenido en su carrera un fracaso importante, pues se considera una garantía de que no vive en las nubes. El fracaso ya superado aporta una visión más equilibrada, ni excesivamente positiva ni demasiado negativa, así como el sufrimiento deja como poso una comprensión más profunda de la condición humana. Sin embargo, para transformar el fracaso en una oportunidad hay que pasar de las palabras a la acción, asumiendo los resultados.
6 ACTITUDES QUE CONVIENE EVITAR
Ciertas actitudes pueden generar que el fracaso, en vez de ser una oportunidad, se convierta en un problema mayor. Hay que evitar de modo especial lo siguiente:
1.GENERALIZAR: tras un fallo, en vez de concretar y decir: "Me ha salido mal", la persona se dice a sí misma: "soy un desastre, nada me sale bien, siempre seré un fracasado". Esta visión catastrofista no ayuda a resolver la situación.
2.NO ACEPTAR EL ERROR: Una actitud perfeccionista no facilita que se reconozca el fracaso y dificulta aprender de él.
3.ANCLARSE EN LA CULPABILIDAD: Una cosa es reconocer un error y otra culpabilizarse. La culpa no suele llevar a nada; es preferible intentar solventar lo sucedido.
4.VER SOLO LOS ERRORES: Fijarse excesivamente en lo negativo abre la puerta al desánimo y la depresión. Incluso en el fracaso hay que tener presentes los logros.
5.ABANDONAR: Cuando no se tolera bien la frustración se puede abandonar demasiado pronto un objetivo. Mantenerlo ayuda a encontrar una solución.
6.CENTRARSE EN EL PASADO: Pensar en los fallos cometidos en el pasado, o en los que se podría cometer genera duda y temor. Para salir del fracaso hay que centrarse en el presente y pasar a la acción.
PREGUNTAS PARA SUPERARSE
Ante un fracaso conviene analizar la situación y realizar diferentes pasos a fin de clarificar una nueva finalidad. Responder estas preguntas ayuda a conseguirlo.
REVISAR EXPECTATIVAS ¿Qué esperaba? ¿Qué quería conseguir realmente? ¿Estaba a mi alcance?
ANALIZAR LA SITUACIÓN ¿Qué ha pasado? ¿Qué resultado he obtenido? ¿Cómo me he sentido? ¿Qué cosas me he dicho a mi mismo?
DESCUBRIR LOS ERRORES ¿Qué ha fallado? ¿Qué ha podido contribuir a que se produjera el fracaso?
IDENTIFICAR ÁREAS DE CONTROL ¿Qué parte de responsabilidad me incumbe en el resultado? ¿Qué cosas puedo hacer para mejorar en una próxima ocasión?
CLARIFICAR UNA NUEVA FINALIDAD ¿Qué quiero conseguir? Cuanto más clara es una finalidad, más facial es realizarla.
¿PARA QUE? Conviene analizar los motivos que se hallan detrás de la finalidad que nos hemos marcado.
¿CÓMO PUEDO LOGRARLO? Puede ser útil elaborar una lista de objetivos concretos y realizables para ponerse en acción.
PREVER OBSTÁCULOS. Analizar las posibles dificultades que pueden surgir y pensar en los pasos que se tienen que dar, aunque desagraden o produzcan miedo.
VISUALIZACIÓN ACTIVA. Imaginarse, dirigir el pensamiento hacia la situación que se desea conseguir, ayuda a hacerla realidad.




